José Solís de los Santos, «Origen y formación de la lengua latina», en Proyecto docente e investigador [Documento para la convocatoria de 4 plazas de Profesor Titular de Filología Latina en la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla (B.O.E. 15/12/1988, núms. 14-17)], pp. 1-14.

1. ORIGEN Y FORMACION DE LA LENGUA LATINA

El latín, lengua indoeuropea

Sólo de un modo aproximado es posible fijar la localización temporal y espacial del pueblo que pudo hablar realmente ese arquetipo que denominamos indoeuropeo. Por comparación de las lenguas históricas pertenecientes a este tronco se infiere que no más tarde del tercer milenio a. C. existió en una misma comunidad de habla un pueblo que se extendía sin límites muy precisos por la zona continental de Eurasia entre Europa Central y las estepas de Siberia ([1]). Este pueblo se vio incrementado y desgajado en una amplia diáspora en la que se fueron perdiendo la común conciencia lingüística y los presuntos rasgos étnicos, de modo que al comienzo de la época histórica se puede observar un grupo de idiomas diferentes que abarcaba una amplia zona desde la península del Indostán hasta el Atlántico.

            Acerca de la evolución de esa Ursprache y la subsiguiente formación de las distintas lenguas conocidas, se contrapusieron dos hipótesis cuya conciliación ha sido más fecunda para la explicación de los desarrollos globales y afinidades particulares de ese conglomerado de lenguas emparentadas ([2]). Por lo que al latín respecta, si es obvio afirmar que pertenece a la rama de lenguas centum u occidentales, se debate cuál fue la relación diacrónica que mantuvo con las otras lenguas cercanas.

            Para la escuela francesa los estadios intermedios entre el indoeuropeo y el latín están caracterizados por una estrecha comunidad, primero, con el celta y, luego, con las otras lenguas itálicas, los denominados italo‑celta e itálico común ([3]). Esta una unidad italo céltica está basada en: igual tratamiento de las labiovelares, gen.sg. en ‑i en los nombre con vocal temática; formas en ‑r en la diátesis media; subjuntivos en ‑a‑ y en ‑s‑, infijos ajenos a los temporales; semejanzas en la formación del compararativo y superlativo. A.Walde ([4]) establece una evolución distinta: supone tres lenguas primitivas, el protobritano, el galo‑latino y el protosabélico; los galos, separados de los latinos se unen a los antiguos britanos, formando los celtas, los latinos se juntan a los antiguos sabélicos y forman el tronco itálico; las innovaciones comunes son posteriores a la etapa de comunidad galo‑latina. En contra de la unidad italo‑celta, C.Marstrander ofrece pruebas de que el sistema fonético del celta está más cerca del germánico que del itálico y que, asimismo, el vocabulario del itálico y del celta divergen en sus campos semánticos esenciales ([5]).

A la explicación de estos hechos coadyuva los conceptos introducidos por la neolingüística ([6]) en la evolución de las lenguas: éstas, desde el punto de vista geográfico, se distribuyen en periféricas y centrales; se establece, pues, entre las regiones de asentamiento y la cronología de los hechos una relación constante y necesaria; las lenguas periféricas pertenecen siempre a pueblos que emigraron en fecha más temprana y conservan por tanto más cantidad de rasgos arcaicos y están más cerca de la lengua originaria. Ya H.Pedersen ([7]) apuntaba a propósito del tocario una teoría sobre el carácter arcaico de las lenguas marginales, y el carácter innovador de las centrales.

            Respecto al carácter periférico (dialectal y arcaico) del latín, el consenso es unánime ([8]); ya Kretschmer y Vendryes pusieron de manifiesto coincidencias léxicas entre el italo‑céltico y el indo‑iranio. Meillet (Historia, 8‑10) intenta matizar estas teorías en lo que respecta a la cronología de los hechos indoeuropeos: Los hechos dialectales delimitados por áreas geográficas no son contemporáneos. Las poblaciones indoeuropeas emigraron en épocas muy diversas y llevaron consigo respectivos estadios de la lengua común en diferentes estados de evolución. Según esto, para situar adecuadamente una lengua es necesario delimitar a la vez la posición inicial que ocupaba entre las demás y el momento en que perdió contacto con ellas; igualmente reconoce la comunidad de rasgos de las lenguas occidentales (celta, itálico) con las del extremo oriental del territorio de dominio indoeuropeo (indo‑iranio, tocario), o el hitita, la más antigua lengua indoeuropea conocida. En consonancia con estos estudios geolingüísticos, G.Devoto distribuye las lenguas indoeuropeas empezando por la más occidental, el celta, seguido del latín al sur y el germánico al norte, dos grupos centrales: uno formado por el báltico, el osco‑umbro y el griego, el otro, por el eslavo, el ilirio, armenio y, al sur, el hetita, y, finalmente, un grupo oriental formado de norte a sur por tocario e indo‑iranio ([9]). Como decíamos, la unidad itálica es incontrovertible para Meillet; A.Walde ([10]) rechaza un proto‑itálico y atribuye a contactos secundarios y recientes, las afinidades entre las distintas lenguas itálicas. Discute también la unidad itálica G.Devoto (Storia, 59‑69), quien sostiene que el latín y el grupo osco‑umbro no proceden del mismo tronco, sino de pobladores que llegaron a Italia en etapas diferentes, y luego se relacionaron; reserva el nombre de itálicos para los sabélicos, oscos y umbros, dejando aparte los faliscos y los latinos; el osco‑umbro diverge del latín en muchos puntos y se asemeja al griego y a otras lenguas indoeuropeas centrales ([11]); la semejanza de las lenguas itálicas se debe a un régimen de desarrollo paralelo aparte del progresivo acercamiento ya en suelo itálico, las afinidades entre el latín y el osco‑umbro son recientes, las divergencias, en cambio, antiguas. M.Lejeune ([12]) rebate los argumentos de Devoto, y las conclusiones adonde llevaron sus discípulos Bonfante y Pisani la Wellentheorie: las lenguas de la península itálica parecen convergir a medida que nos remontamos en el tiempo, y no diverger como sostiene Devoto.

            Recogiendo, pues, estos estudios, podemos concluir que el latín es una lengua descendiente de uno de los dialectos centum, grupo con el que convivió en un período de civilización común, y es una lengua periférica occidental, que posee rasgos comunes con las lenguas periféricas orientales; entró probablemente en una comunidad lingüística prehistórica con el celta, y formó más tarde con los dialectos itálicos una lengua de isoglosas comunes, incrementadas luego por su vecindad en suelo itálico.

El sustrato mediterráneo

            El siguiente problema plantea las relaciones del latín con las lenguas que ya existían en la península Itálica antes de las invasiones indoeuropeas. Los estudios sobre las llamadas lenguas mediterráneas, grupo al que pertenecerían los sustratos preindoeuropeos de Italia, se basan en las investigaciones de la toponimia y el registro de palabras no indoeuropeas de la zona mediterránea: nombres geográficos, de plantas, de animales.

Parece que no admite duda el hecho de la existencia en Italia de una fase anterior a la difusión de las lenguas indoeuropeas, durante la cual se hablaban lenguas de estructura muy diferente, en parte afines al fondo lingüístico de otros territorios mediterráneos. Es difícil pronunciarse sobre si estas lenguas mediterráneas han pertenecido a grupos diferentes, y sobre las relaciones que pudieron mantener entre ellas. Para Devoto (Storia, 38‑43) esta situación no "puede ser objeto de una clasificación lingüística", a lo sumo, de descripciones y catálogos de lenguas y registro de sus principales características ([13]), en virtud de las cuales se han formulado diversas hipótesis sobre su estratificación.

            Como hemos dicho, es en el plano léxico donde se constatan estan huellas de sustrato ([14]); Devoto (Storia, 50‑54) hace una clasificación de estas palabras de sustratos mediterráneos en tres grupos en virtud de sus características formales:

 1) palabras cuya etimología no se constata en otras lenguas indoeuropeeas y cuyo étimo no se ajusta a la regla de raíz indoeuropea ([15]); pero no todas las palabras latinas sin etimología indoeuropea han de considerarse del sustrato mediterráneas; como dice Palmer (Introducción, 65), "las correspondencias pueden haberse perdido, o haberse  transformado la palabra latina por las incontables fuerzas innovadoras que actúan en toda lengua".

 2) Palabras sin etimología indoeuropea pero con características formales comunes (las de diptongo au, las que comienzan por o‑, por f‑; las terminadas en ax, ex, ix, ox).

 3) Palabras de sustrato mediterráneo, constatadas en griego y en otros focos mediterráneos.

            Finalmente Pisani, subraya la importancia que debieron de tener éstos influjos mediterráneos en el latín, y reconoce al mismo tiempo que una enorme dificultad en el campo gramatical ([16]).

Las lenguas de Italia antigua

El positivismo histórico del siglo pasado terminó por desmantelar el aparato mítico que había atribuido al origen y formación de las ciudades itálicas una causa externa, legendaria y prodigiosa (externi veniunt generi), pero no rompió con la idea de principio, plasmado en un acontecimiento que determinaba y configuraba la etnología de la Italia prehistórica. Este acontecimiento fue, para estos historiadores y arqueólogos, la invasión prehistórica de los pueblos indoeuropeos. Así, sobre la base de que cada cultura prehistórica es aportada por un pueblo diferente, se identificaron los datos lingüísticos con los arqueológicos y se estableció que estos indoeuropeos habrían sido los portadores de una lengua y civilización nuevas. Este tesis, mantenida principalmente por L.Pigorini, sostiene que es en la Edad del Bronce, que sigue a las épocas neolítica y eneolítica, cuando se produce la llegada a Italia de estos indoeuropeos, hecho relacionado con la civilización de la terramara, cuyas características son la construcción de viviendas sobre pilotes, rodeadas de terraplén y foso, y el rito funerario de incineración frente a la inhumación de la Italia neolítica. El hecho de que esta civilización de terramara constituye un fenómeno aislado aparecido en el norte de Italia y semejante en su estructura al sistema de los palafitos empleados en las moradas prehistóricas de los lagos alpinos, la temprana aparición y amplia difusión del rito de incineración en las comarcas de más alla de los Alpes al finalizar la Edad del Bronce y, en general, la afinidad existente entre la cultura de las terramare y las civilizaciones eneolíticas de la Europa central, fueron considerados argumentos probatorios de la hipótesis de una inmigración septentrional por parte de pueblos que introducían la civilización del bronce ([17]). Pero existe otra tesis que sustenta la prioridad de la auctoctonía de la cultura mediterránea en el desarrollo de la cultura itálica. Esta teoría da más importancia al fondo más antiguo de las poblaciones y culturas prehistóricas del territorio itálico; la civilización del Bronce en Italia no significaba una ruptura total con las culturas anteriores, y los elementos de progreso procedentes del exterior eran en gran parte de origen mediterráneo; se añade a esa cultura de terramara una civilización más importante que se desarrolló a lo largo de los Apeninos ([18]), e incluso se minimiza el hecho de la pertenencia de las lenguas itálicas al tronco indoeuropeo, atribuyéndolo a infiltraciones de pequeños grupos o a contactos políticos y comerciales ([19]).

            Respecto al ámbito lingüístico, en este caso la cuestión de la penetración en Italia de las lenguas indoeuroepeas y su desarrollo y concomitancias con las lenguas de sustratos, sigue siendo objeto de debate y opiniones encontradas ([20]). La situación lingüística‑histórica que sirve de base a estas discusiones es la de la época en que la escritura comienza a generalizarse, sobre los siglos VII‑V a.C., en la cual tenemos en la zona noroeste de Italia unos pueblos que poseen lenguas identificadas como no indoeuropeas, réticos, lígures ([21]) y los que dieron el nombre a la capital del mundo, los etruscos.

La civilización etrusca

            El etrusco es una de las lenguas mediterráneas y tendría que ser considerada bien como sustrato, ya que en Etruria debieron de asentarse por algún tiempo los protolatinos, bien como adstrato, puesto que durante siglos vivió en estrecha vecindad con los latinos. Pero dado que Roma estuvo dominada por más de cien años por los etruscos, se puede considerar, si bien con reservas, que el influjo etrusco debió de sentirse con más intensidad que las otras lenguas vecinas.

Del poderío etrusco en una época que se extiende desde el siglo VII a la última mitad del VI a. C., dan cuenta no sólo los autores antiguos (Cato = SERV.ad Aen.11.567; LIV.1.2;5.33) sino que se han confirmado por los hallazgos arqueológicos y epigráficos ([22]). Se remonta a la misma antigüedad el debate sobre el origen de los etruscos y todavía sub iudice lis est si este pueblo provino de Asia Menor ([23]) o eran autóctonos a pesar de sus diferencias con los otros pueblos de la península ([24]); a ello se añade, desde el siglo XVIII, una tercera tesis, la de un origen septentrional ([25]). M.Pallottino (Etruscologia, 5ª ed., Milán 1963) pone de manifiesto lo erróneo del planteamiento de las tres teorías en el sentido de que lo que existe es un problema, no de origen, sino de formación étnica y cultural; se puede debatir la procedencia y desarrollo de una civilización etrusca, pero es muy posible que esta no sea privativa de un sólo pueblo étnicamente homogéneo, con lengua y costumbres aisladas y de peripecia histórica común; lo que por los autores antiguos conocemos como "pueblo etrusco" es el resultado de una síntesis de elementos diversos que tuvo que llevarse a cabo en el territorio de la propio Etruria.

            En lengua etrusca se conservan más de ocho mil inscripciones que hasta la fecha no han podido ser descifradas; lo único que está claro es que no pertenece al tronco indoeuropeo ([26]). Las principales aportaciones etruscas a la lengua latina son:

  1. a) Acento de intensidad inicial: cf. F.Skutsch, "Der lateinische Accent" Glotta 4(1912‑13) 187; J.Vendryes, Recherches sur l'histoire et les effets de l'intensité initiale en latin, París 1902. Pisani (Storia, 97) piensa que el etrusco lo tomó de dialectos itálicos indoeuropeos propagado por los galos en su dominación de Italia desde finales del s. V hasta la guerra de Tarento; en cambio, Devoto (Storia, 41‑42) considera este acento inicial como una de las cinco características de las lenguas mediterráneas en su conjunto.
  1. b) El sistema de género gramatical: según Devoto (Storia 47‑48), el etrusco carecía de desinencias alternantes para marcar el masculino y el femenino añadiendo un elemento nuevo que acentuaría el carácter femenino de uno de los componentes. Así pues, las formaciones especiales del femenino en latín, tipo rex‑regina, victor, victrix, podrían ser una impregnación morfológico debida al ambiente tirrénico en que vivieron inmersos los protolatinos.
  1. c) El sistema onomástico de los tria nomina; cf. W.Schulze, Zur Geschichte der lateinischen Eingennamen (Berlín 1904). Parece que los latinos seguían el sistema indoeuropeo de un nombre compuesto único, y el contacto con los etruscos hizo cambiar a la designación trinominal convirtiendo el nomen el gentilicio, antiguo patronímico en ‑ius, y pasando el nomen único existente hasta entonces a praenomen.
  1. d) El alfabeto griego de las colonias del sur de Italia parece haber pasado a Roma a través de los etruscos. Sommer (Handbuch, 23) opina que no hay tal mediación etrusca, pero la mayoría de los autores la admiten, sobre todo para explicar el tratamiento de las primitivas velares, y las distintas grafías, cuyo sistema es inexplicable sin la consideración de la mediación del etrusco; cf.A. Traina, L'alfabeto e la pronunzia del latino, Bolonia 1957); M.Lejeune, "Sur l'adaptation de l'alphabet étrusque aux langues i.‑e. de l'Italie" REL 35(1958) 88‑105; y 40(1963) 149‑160.
  1. e) Influencias léxicas: cf. una lista exhaustiva en F. Skutsch, RE, VII.1(1907) 770‑806; A.Ernout, "Les élements étrusques du vocabulaire latin" Philologica I (París 1946) 21‑51; caudal léxico griego pasado al latín a través del etrusco C.de Simone, ANRW I.1(1972) 490‑521, y antes G.Devoto, "L'etrusco come intermediario di parole greche in latino" Studi Etruschi 1(1928) 307‑442.

            Seguidamente pasaremos revistas a las otras lenguas constatadas en el ámbito la península que pudieron tener una relación de vecindad con el latín:

            Véneto: En el ángulo oriental de la Italia del norte, al este del Adigio, se hablaba la lengua de los Vénetos, de la que se conservan inscripciones grabadas en bronce, además de restos arqueológicos como urnas, vasos de terracota, etc. Es lengua claramente indoeuropea, y de afinidades con el latín, el mesápico, el germánico y el céltico, que son objeto de controversia ([27]), que se podrían resumir con las cautelas de Palmer (Introducción, 52) de que "el véneto es una rama independiente del indoeuropeo estrechamente relacionada con el latín y el ilirio y con puntos de contacto con germánico, céltico e incluso balto‑eslavo".

            Picénico: de la comarca de Piceno proceden unos testimonios lingüísticos estremadamente difíciles de interpretar y a los que se conoce convencionalmente como "norpicénico" y "surpicénico" ([28]). Las relaciones de estos oscuros dialectos con el latín son hasta el momento irreconocibles, incluso se llega a pensar que el norpicénico no pertenece al tronco indoeuropeo.

            Ilirio o mesápico: en el extremo suroriental de la península se encuentra la zona en que alrededor del siglo VIII a.C. se asentó un pueblo procedente de la otra orilla del Adriático, los Messapi, nombre con que los griegos designaron a los habitantes de la Calabria (Palmer, Introducción, 49‑51). Esta lengua ha dejado rastros en la toponimia (Iapyges, Calabri, Odruntum, Apsias, Segesta), en palabras aisladas (Blatea, gandeia, mannus), e incluso se piensa que fuera a través del mesapio por donde se introdujera el término de la tribu del Epiro que dio nombre en latín a la totalidad de los pueblos de la Hélade, y también que fuera este pueblo los portadores de la leyenda de Eneas ([29]). Se conservan unas doscientas inscripciones ([30]).

            Sículo e "itálico occidental": Algunos autores antiguos, como Varrón (L.L.5,101), afirman que los sículos estuvieron asentados en el Lacio; este aserto junto con la estrecha relación de las glosas sículas sugirieron la hipótesis de la existencia de unas antiguas lenguas indoeuropeas distribuidas a lo largo de la costa Tirrena, relacionadas por una parte con el Sículo y por otra con el latín. Esta teoría ha sido organizada y difundida por G.Devoto (Storia, 54‑58), quien sostiene que habría una serie de pueblos, los "Protolatinos", muy relacionados en lo que a la lengua se refiere, que se extenderían desde el Lacio hasta Sicilia, a saber: latinos, ausonios, ópicos, enotrios y sículos. Palmer (Introducción, 52‑55) expone sus dudas sobre esta hipótesis discutible por la debilidad de las bases en que se asienta y subraya que "la común posesión de elementos de vocabulario...no implica necesariamente relación genética".

            Gálico: La penetración de la lengua gálica o céltica en la península sucede en la época histórica; sobre el siglo V a.C. habían ocupado el territorio entre los Alpes y los Apeninos, Gallia Cisalpina, desde donde realizaban incursiones hacia el sur, como la del 390 a.C. cuando saquearon Roma. El gálico, que en la Península dejó de hablarse ya en el siglo II a.C., aportó al vocabulario latino una serie de términos relacionados con la caballería, las armas, la indumentaria, etc. (Palmer, Introducción, 62).

            Osco y umbro:

En el centro de la península Italiana, en una zona comprendida entre la Umbria hasta Lucania a través de la cordillera de los Apeninos, habitaron unos pueblos de nombres diferentes, pero pertenecientes a un solo grupo lingüístico de origen indoeuropeo y distinto del latín, designado como osco‑umbro o umbro‑sabélico. Estas poblaciones se expandieron en época histórica hacia la costa tirrena y el sur de Italia. Sus hablas se diferenciaron en umbro hacia el norte, en los dialectos sabélicos en el centro, y hacia el sur en osco o samnita; dentro del amplio territorio ocupado por el conjunto total de estos pueblos, los dialectos quedan ubicados así: Umbrios y Sabinos al norte; Volscos al oeste; Ecuos, Marsos, Vestinos, Marrucinos, Pelignos, en el centro; al sur, los Samnitas u Oscos, junto con los Lucanos y Brutios. La condición de vecindad entre estos pueblos y los latinos debió de establecer unos intercambios lingüísticos difíciles de precisar en cuanto a su sentido.

            Los textos conservados de osco y umbro son pocos y sólo inscripciones, lo que permite un conocimiento, como dice Meillet, fragmentario e imperfecto. Las inscripciones oscas se encontraron en territorios ocupados por los Samnitas; aparecen en tres alfabetos diferentes: osco, latino y griego, en este último las encontradas en Sicilia; la más extensa es la Tabula Bantina, hallada en 1893 en Bantia, escrita en alfabeto latino; la segunda en extensión es el Cippus Abellanus, que contiene un tratado entre las ciudades de Nola y Abella. Del Umbro, el único documento extenso son las Tabulae Iguvinae, siete tablas de bronce halladas en Gubbio en 1444, donde se contienen las actas de una cofradía religiosa similar a los fratres Arvales ([31]).

            A.Meillet ([32]) ha puesto de manifiesto las semejanzas del latín con el osco‑umbro, que son de tipo fonético, morfológico, sintáctico y de vocabulario; todas ellas se deberían, según Devoto, a los contactos en Italia como pueblos fronterizos, pero Palmer, quien tampoco es partidario del "itálico común" ([33]), discute la teoría de Devoto haciendo notar que las semejanzas en las estructuras gramaticales fundamentales no pueden deberse sólo a intercambios debidos a la mera contigüidad geográfica; ahora bien, estas afinidades sí encuentran explicación si los enfocamos en los tiempos en que el Lacio era un crisol de dialectos entre los que el de Roma era sólo uno más; y así, afirma Palmer (Introducción, 68) que a comienzos del siglo X a.C. se asentaron en el Lacio comunidades rurales dispersas, y que la propia Roma tuvo su origen en un synoecismus de los pueblos protolatinos, y el romano era en principio uno más de los numerosos dialectos que como el falisco y el prenestino entonces se hablaban ([34]).

            Para terminar con este capítulo vamos a adelantar algo sobre el adstrato griego. Dejando aparte la helenización de la cultura romana en época histórica, hecho sintetizado en el famoso verso horaciano (epist. 2.1.156: Graecia capta ferum victorem cepit), algunos restos arqueológicos demostraron, ya para los siglos VIII y VII, relaciones comerciales entre las colonias griegas y el Lacio. Asimismo en el campo de la religión, se ha demostrado una clara influencia entre la Magna Grecia y la Campania y el Lacio ([35]) e incluso se ha querido ver cierta semejanza entre las Leyes de las XII Tablas y las de Gortina. También en el acento histórico latino se ha querido ver un influjo griego ([36]); e igualmente en el alfabeto se ha tratado de minimizar la influencia etrusca en favor del origen griego (cf. Devoto, Storia, 92); pero es en el léxico donde ha recibido el latín una influencia más patente, pudiéndose determinar a través del tratamiento fonético que reciben en la lengua latina estos préstamos, la cronología de su incorporación ([37]).

 

    [1] La falta de apelaciones comunes para hierro y mar parece fijar lingüísticamente estas coordenadas espaciales.

    [2]  La Stammbaumtheorie (Schleicher, Meillet) y la Wellentheorie (Schmidt, Schuchardt), cf. F. Rodríguez Adrados, Evolución y Estructura del verbo Indoeuropeo (Madrid 1963) 45‑53.

    [3]  Cf.J.Vendryes, "La place du latin parmi les langues indoeuropéennes" REL 2(1924) 90‑103; "Italique et Celtique" RCelt 42(1925) 378‑390; A.Meillet, Historia de la lengua latina, trad. F.Sanz (Reus 1972; 1ª ed. París 1928) 10‑27.

    [4]  Ueber älteste sprachliche Beziehungen zwischen Kelten und Italikern (Inssbruck 1917); cf. res. A.Meillet, BSL 66‑67 (1918‑19) 71‑74.

    [5]  C.Marstrander, "De l'unité italo‑celtique" Norsk Tidsskrift for Sprogvidenskap 3(1929) 241‑259; cf. también L.R.Palmer, Introducción al Latín, trad. J.J. y J.L. Moralejo (Barcelona 1974) 21‑25.

    [6]  Cf. M.Bartoli y G.Bertoni, Breviario di neolinguistica, Modena 1928.

    [7] Le groupement des dialects indoeuropéens, Copenhague 1925.

    [8]  Cf. las principales características de las lenguas marginales indoeuropeas en Palmer (nota 5) 33‑42.

    [9] Storia della lingua di Roma (Bolonia 1940) 3.

    [10]  Cit. por M.Lejeune, "Latin et chronologique italique" REL 28(1950) 97‑104.

    [11]  L.R.Palmer (nota 5) 15‑21, ofrece un resumen de las diferencias entre latín y osco‑umbro; cf. también M.S.Beeler, "The Relations of Latin and Osco‑Umbrian" Language 18(1952) 435‑443.

    [12]  M.Lejeune, "Notas de linguistique italique" REL 29(1951) 86‑102, 30(1952) 87‑126.

    [13]  Cf.R.S.Conway, S.E.Johnson, J.Whatmough, The prae‑italic dialects of Italy, I‑III, Londres‑Mildford: Harvard Univ.Press 1933; V.Pisani, Le lingue dell'Italia antica oltre il Latino, Turín² 1964.

    [14] L.R.Palmer (nota 5) 64‑67.

    [15]  Cf. E.Benveniste, Origines de la formation des noms en indo‑européen, París 1935.

    [16]  Storia della lingua latina. I: Le origini, e la lingua letteraria fino a Virgilio e Orazio (Turín 1962) 146.

    [17]  Cf. L.Pigorini, "Le più antiche civiltà dell'Italia" Bulletino di Paletnologia Italiana 29(1903) 189 ss.; V.Bonfante, "Traze di terminologia palafiticola nel vocabolario latino" Atti del Istituto Veneto 97(1938) 53‑70; E.Täubler, Terramare und Rom, 1926.

    [18]  Cf. U.Rellini, Le origini della civiltà italica, Roma 1929; S.M.Puglisi, La civiltà Apenninica, Firenze 1959.

    [19]  Cf. G.Patroni, "L'indoeuropeizazione dell'Italia" Athenaeum 17(1939) 213.

    [20]  Cf. H.Krahe, Die Indogermanisierung Griechenlands und Italierns, Heidelberg 1949; G.Devoto, Gli antiche Italici, Florencia² 1951; V.Pisani, "Le lingue indoeuropee in Grecia e in Italia" RIL 89(1956) 1 ss.; C.Battisti, Sostrati e parastrati nell'Italia preistorica, Florencia 1959.

    [21]  Cf. E.Vetter, "Die Sprache der Ligurer" RE XIII.1(1926) 525‑532; M.Lejeune, Lepontica, París 1971.

    [22]  M.Pallottino, "Le origini di Roma" ArchClass 12(1960) 1‑36; cf. estado actual de los estudios sobre el etrusco por R.Bloch, ANRW I.1 (1972) 12‑21.

    [23]  Concretamente de Lidia al mando de Tirreno, cf. Hdt.1.94; el origen oriental es la tesis más conocida, y más aceptada sobre todo por los arqueólogos, a partir de la coincidencia de los datos proporcionados por las fuentes y el fenómeno cultural orientalizante que se manifiesta en las costas tirrenas entre los siglos VIII y VI a. C., en contraste con las formas más atrasadas de la anterior cultura villanoviana; en esta misma línea con incidencia en la historia de nuestra península, cf. A.Schulten, "Die Tyrsener in Spanien", Klio 38(1940).

    [24]  Dionisio de Halicarnaso, 1.25‑31; la tesis de la autoctonía la han asumido los lingüistas italianos, entre ellos G.Devoto (Gli antichi Italici, Florencia 1931) que en resumen afirma que dado los vínculos del etrusco con las lenguas mediterráneas, el pueblo etrusco no habría llegado a Italia antes que los indoeuropeos, sino que representaría un residuo de las más antiguas poblaciones preindoeuropeas, una especie de isla étnica comparable a lo que sucede con los vascos en la península Ibérica.

    [25]  A raíz del descubrimiento en el valle del Po de la necrópolis de Villanova, cuyos restos se ponen en conexión con otras del centro de Europa, los ítalos y los etruscos habrían entrado en la península en diferentes oleadas migratorios del II milenio (cf. L.Pareti, L'origine degli Etrusche, Florencia 1926), pero estas conexiones entre etruscos y valle del Po parecen haber seguido el sentido surnorte.

    [26]  Cf. Corpus Inscriptionum Etruscarum, Leipzig 1893; M. Buffa, Nuova raccolta di iscrizioni etrusche, Florencia 1935; M.Pallottino, Testimonia linguae Etruscae, Florencia 1954.

    [27]  Conway‑Johnson‑Whatmough, The prae‑italic dialects (nota 13); V.Pisani, Le lingue dell'Italia antica oltre il Latino (Turín² 1964) 253‑279; M.S.Beeler, The Venetic Language, Berkeley‑Los Angeles 1949; H.Krahe, Das Venetische, Heidelberg 1950; J.Untermann, "Die venetischen Personennamen", Kratylos 6(1961) 1‑15; G.B.Pellegrini‑A.L.Prosdocimi, La lingua venetica, I‑II, Padua 1967.

    [28]  Inscripciones recogidas y estudiadas en el vol. II de Conway‑Johnson‑Whatmough (nota 13) bajo las denominaciones respectivas de Northern East Italic y Sourthern East Italic; cf. también W.Brandenstein, "Picenum" RE XX.1(1941) 1186‑1197.

    [29]  Cf. una última revisión por J.Poucet, "La diffusion de la légende d'Enée en Italie centrale et ses rapports avec celle de Romulus" LEC 57(1989) 227‑254.

    [30] Cf. bibliografía C.de Simone, Kratylos 7(1962) 113‑135.

    [31]  Cf. E.Vetter, Handbuch der italischer Dialekte, I, Heidelberg 1953; G.Bottiglioni, Manuale dei dialetti italici, Bolonia 1954; V.Pisani, Le lingue dell'Italia antica oltre il Latino (Turín 1964) 1‑222; C.D.Buck, A grammar of Oscan and Umbrian, Boston 1928; A. Montenegro, Osco y Umbro, Manual de Lingüística Indoeuropea VII, Madrid 1949; A. Ernout, Le dialecte ombrien, París 1961; G.Devoto, Tabulae Iguvinae, 3ªed., Roma 1962.

    [32]  Meillet (nota 3) 28‑43; A.Ernout, Les éléments dialectaux du vocabulaire latin, París 1928, ha estudiado las condiciones históricas de los préstamos dialectales recibidos por el latín, a través de los testimonios de los autores antiguos y haciendo un profundo estudio de cada uno de los préstamos.

    [33] Palmer (nota 5) 20; cf. asimismo Adrados (nota 2) 549.

    [34]  Cf. G.Giacomelli, La lingua falisca, Florencia 1962, E.Vetter y V.Pisani (nota 31), y A.Ernout (nota 32).

    [35]  Cf. F.Altheim, La religion romaine antique, París 1955; hacen hincapié en los elementos nacionales G.Dumezil, La religion romaine archaîque, París 1966; y G.Pasquali, Preistoria della poesia romana, Florencia 1936.

    [36]  Cf. F.Skutsch, nota "Der lateinische Akzent" Glotta 4(1912‑13) 180‑189; G.Bernardi Perini, L'accento latino, Bolonia 1970; M.Leumann, Lateinische Grammatik, I, 180‑189); G.C.Lepscky, "Il problema dell'accento latino" ASNP s.II 31(1962) 190‑246.

    [37]  Cf. O.Weise, Die greichischen Wörter in Latein, Leipzig 1964 (=1882); G.A.Saalfeld, Thesaurus Italograecus, Hildesheim 1964 (= Viena 1884); R.Thibau, Les rapports entre latin et le grec. Essai de réhabilitation de l'hypothèse italo‑grecque, Leiden 1964. E.Gabba, "Il latino come dialetto greco" en Miscellanea di Studi Augusto Rostagni (Turín 1963) 188‑194.